LAS APARICIONES DEL CRISTO RESUCITADO
¿Se pueden marginar o racionalizar las mismas apariciones del Señor? Ya hemos visto que no pueden ser descartadas como mentiras o leyendas; fueron testificadas por testigos oculares que estaban convencidos de su veracidad. Todo esto es generalmente admitido por eruditos competentes. ¿Cómo, pues, podemos esquivar sus implicaciones? La única sugerencia factible sería la posibilidad de que se tratase de alguna alucinación o de algún fenómeno psicológico o psíquico.
No obstante, la medicina moderna ha mostrado que incluso los fenómenos psicológicos obedecen a unas ciertas leyes y pueden ser sometidos a ciertas pruebas. Examinemos más de cerca estos fenómenos a la luz de estos principios.
1. Sólo ciertos tipos de personas son normalmente susceptibles a tales experiencias (los caracteres más excitables e imaginativos). Pero en cierta ocasión, una multitud de quinientas personas afirmaron, todos ellos, haber visto a Cristo; grupos más reducidos afirmaron lo mismo en otras ocasiones. Entre ellos tenemos una María Magdalena muy emotiva, pero también un cobrador de impuestos nada romántico, un número de prosaicos pescadores, y otras personas con una gran variedad de disposiciones.
2. Las alucinaciones son extremadamente individualistas porque su fuente es la mente subconsciente del receptor. No habrá dos personas que experimenten los mismos fenómenos. Pero el grupo de quinientos afirmaron haber experimentado la misma «alucinación», en el mismo momento y lugar. Lo mismo cabe decir de otros grupos diversos.
3. Este tipo de fenómenos tiene generalmente que ver con un acontecimiento esperado, sobre el cual se ha meditado y del que se ha deseado ser durante mucho tiempo el receptor. Por ejemplo, una madre solitaria puede haber anhelado durante tanto tiempo el regreso de su hijo pródigo, que cree haberlo visto realmente. Pero las mismas circunstancias nos muestran que los discípulos no estaban esperando las apariciones de Cristo. Se hallaban tristes y derrotados; su esperanza parecía haber muerto.
4. Las experiencias psíquicas suelen suceder en lugares y momentos adecuados: al anochecer, de noche o por la madrugada, y en lugares característicos. Pero estas «alucinaciones» ocurrieron en diferentes momentos y lugares: en una habitación alta al caer la tarde, cerca del sepulcro de madrugada, durante una caminata por el campo por la tarde, después de una pesca matutina en el lago, y en un monte de Galilea.
5. Por último, estas obsesiones generalmente se repiten durante largo tiempo, con un cierto grado de regularidad, bien aumentando, bien disminuyendo de frecuencia con el paso del tiempo. Pero los fenómenos que estamos considerando tuvieron lugar durante un breve intervalo de cuarenta días, y después cesaron abruptamente. Ninguna persona involucrada tuvo jamás otra visión posterior.
Así, la tumba vacía constituye una verdadera roca contra la que todas las teorías racionalistas de la resurrección se estrellan en vano.
Si tratamos de explicar estos fenómenos por medio de los pretendidos resultados del espiritismo moderno, nos encontramos con más dificultades. Parece que no se dan algunas de las condiciones necesarias. Es evidente que las apariciones de la resurrección no dependían: (1) de la presencia de ningún medium, (2) de ningún grupo de buscadores de lo sobrenatural, ni (3) de ningún otro tipo de condiciones determinadas. Aquel que aparecía no era una simple emanación espiritual. Podía ser visto claramente y oído de manera patente; podía ser tocado;13 podía caminar por el campo,14 cocer pescado15 y comerlo.16 Se podían ver y palpar las marcas de Sus sufrimientos.17
Cuanto más cuidadosamente se estudia esta cuestión, tanto más imposible resulta explicar estas apariciones como un tipo de alucinación. Y no habrá ninguna teoría válida que intente explicar el fenómeno como una mera supervivencia del Espíritu de Jesús. La cuestión que estamos discutiendo es mucho más definida. Los registros son unánimes: Su Espíritu inmortal volvió a Su cuerpo humano mutilado; Su cuerpo fue cambiado instantánea y milagrosamente en un cuerpo nuevo, espiritual, diferente de Su carne y sangre mortales, pero de todas maneras identificable.
Cuanto más cuidadosamente se estudia esta cuestión, tanto más imposible resulta explicar estas apariciones como un tipo de alucinación. ... Los registros son unánimes: Su Espíritu inmortal volvió a Su cuerpo humano mutilado; Su cuerpo fue cambiado instantánea y milagrosamente en un cuerpo nuevo, espiritual, diferente de Su carne y sangre mortales, pero de todas maneras identificable.
OTRAS EVIDENCIAS
Se podría decir mucho más, pero en este artículo sólo podemos compendiarlo brevemente:
1. Existe una gran compañía por todo el mundo denominada Iglesia Cristiana. En la historia se la puede remontar hasta Palestina, alrededor del 30 d.C. ¿A qué se debe su origen? Sus registros más antiguos afirman claramente que su origen data de la resurrección de su Fundador de entre los muertos. ¿Qué otra sugerencia explica los hechos?
2. Existe la institución del Domingo Cristiano, que también puede ser remontada al mismo lugar y fecha. ¿Qué diremos sobre su origen? Los judíos estaban fanáticamente adheridos a su Sábado. Considerando que la iglesia en su origen era casi exclusivamente judía, se precisaría de un acontecimiento de significación profunda y revolucionaria para hacerlos cambiar al primer día de la semana. Y así fue; ni más ni menos que la resurrección. La misma línea de razonamiento podría aplicarse a la observación de la Pascua.
3. Consideremos el éxito de la iglesia primitiva. La base y sustancia de la predicación apostólica era la resurrección, y fue predicada a pocos minutos del camino de la tumba de José. ¿Cómo podemos explicar los miles que creyeron, a pesar de la feroz oposición, y el gran número de sacerdotes que se adhirieron a la fe?18 La respuesta parece decisiva: el hecho básico de la tumba vacía era indiscutible.
4. Aún más, ¿cómo explicamos el extraño intervalo de siete semanas entre el acontecimiento y su primera proclamación? Ningún inventor de falsas evidencias y ningún soñador de leyendas hubiese fabricado esta historia así. La única explicación adecuada es la que aparece en los registros mismos: Los discípulos pasaron los primeros cuarenta días en comunión intermitente con su Señor resucitado. Durante los diez días siguientes esperaron, como les ordenó Cristo, por «la promesa del Padre», el Espíritu Santo, que había de infundirles poder.19
5. También, parece indiscutible que el mismo Cristo predijo Su crucifixión y resurrección. Incluso el crítico que intenta explicar la claridad de algunas de las predicciones como reminiscencias ex post facto, ha de explicar la acusación en Su juicio. Jesús, se afirmó, había dicho: «Puedo destruir el templo de Dios, y volver a levantarlo en tres días.»20 Esto es, evidentemente, una versión mutilada de Sus palabras reales sobre Su futura pasión y resurrección.
6. ¿Y qué de los mismos apóstoles? ¿Qué hizo cambiar aquel puñado de pobres y vencidos cobardes en un grupo de irresistibles misioneros que pusieron el mundo del revés porque ninguna oposición podía detenerlos? ¿Qué cambió a Pedro de un hombre débil que negó a su Maestro bajo las preguntas de una joven esclava, a un hombre que no podía ser silenciado por todo el Sanedrín? Pablo y los evangelistas nos dan parte de la explicación: Se apareció a Pedro.21 ¿Qué es lo que cambió a Jacobo, el hermano humano del Señor, y que no era en absoluto partidario de Él, en el líder reconocido de la iglesia en Jerusalén, y todo en el corto espacio de unos pocos años? Se nos dice: «Se apareció a Jacobo.»22 ¿Qué otra cosa hubiese podido llevar a este antiguo crítico a describir a su hermano como «el Señor de la Gloria»?23 ¿Y qué de Saulo el perseguidor (que debió haber conocido todos los hechos sobre la tumba de José), y de Esteban el mártir, y de la multitud de otros testigos?
7. Consideremos la experiencia de los cristianos a lo largo del tiempo. Una gran multitud de hombres y mujeres, de alta o baja posición, ignorantes o instruidos, civilizados y salvajes, réprobos y respetables, han encontrado su salvación y gozo en el Cristo resucitado y vivo. Sus vidas transformadas han dado testimonio de la realidad de su experiencia.
8. Finalmente, consideremos a Aquel que resucitó. Algún crítico podrá objetar que una resurrección de entre los muertos es cosa tan increíble que ninguna cantidad de evidencia será suficiente. (Una actitud así parece llena de prejuicio y acientífica, pero de todas maneras la consideraremos). Supongamos que la resurrección de un hombre ordinario sea increíble. Pero esta línea de razonamiento no puede ser aplicada a Aquel que estamos considerando. Él fue único: en todo lo que hizo, en todo lo que dijo, en todo lo que fue. Sea como sea que lo miremos, Él está en una clase en solitario. Incluso aparte de la resurrección, hay razones excelentes y convincentes para creer que Él era «Dios manifestado en carne.» ¿Por qué es pues increíble que una Persona así resucitase de entre los muertos? Hubiese sido mucho más increíble si no hubiese resucitado. El más hondo de todos los misterios es que muriese «por nosotros los hombres y por nuestra salvación.» Pero habiendo muerto, no es ningún misterio que también resucitase.
¿Qué cambió a Pedro de un hombre débil que negó a su Maestro bajo las preguntas de una joven esclava, a un hombre que no podía ser silenciado por todo el Sanedrín? Pablo y los evangelistas nos dan parte de la explicación: Se apareció a Pedro.
La prueba definitiva de la resurrección, para cada persona, está en su conocimiento del Cristo resucitado, porque en esta cuestión la evidencia de la experiencia puede hacer de suplemento a la evidencia de la historia. La promesa del Salvador resucitado se mantiene: «Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él, y él conmigo.»24
La promesa del Salvador resucitado se mantiene: «Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él, y él conmigo.»

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