El relato a continuación es un extracto del capítulo 2 de Mateo en el que se narra la visita de los sabios del oriente al niño Jesús:
7 Luego Herodes llamó en secreto a los sabios y se enteró por ellos del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. 8 Los envió a Belén y les dijo:
—Vayan e infórmense bien de ese niño y, tan pronto como lo encuentren, avísenme para que yo también vaya y lo adore.
9 Después de oír al rey, siguieron su camino, y sucedió que la estrella que habían visto levantarse iba delante de ellos hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. 10 Al ver la estrella, se llenaron de alegría. 11 Cuando llegaron a la casa, vieron al niño con María, su madre; y postrándose lo adoraron. Abrieron sus cofres y le presentaron como regalos oro, incienso y mirra. 12 Entonces, advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
¿Quiénes eran estos misteriosos personajes? la palabra magoi, que algunas versiones han traducido como magos, eran realmente una especie de sacerdotes y a la vez conocedores de diversas disciplinas, entre ellas, la astronomía; se cree que muy probablemente vinieron de Persia y que tuvieron conocimiento de las profecías mesiánicas. Pero, el tema importante en esta disertación, no es la identidad de estos sabios, sino, lo que hicieron al encontrar al bebé Yeshua (Jesús en hebreo) rey de los judíos. El documento bíblico es muy claro y directo: se postraron y lo adoraron para luego poner a sus pies los costosísimos regalos que habían traído desde muy lejos. Notemos que ellos ya le habían anticipado el propósito de su venida al monarca reinante, sin ser conscientes de lo inapropiada y a la vez riesgosa que resultaba su visita, ya que estaban dando a conocer el nacimiento del verdadero rey de Israel, una amenaza para la permanencia del rey impostor de sangre pagana y lacayo de Roma, Herodes. Llama también poderosamente la atención, la reacción de estos sabios estudiosos de los astros, al ver a la estrella largamente esperada, el texto bíblico dice que se llenaron de alegría; "saltaron de júbilo" es otra traducción posible, y no era para menos, ¡cómo no iban a estar eufóricos, si hasta el mismo cosmos anunciaba la venida del Ungido de Dios! y ellos lo venían esperando hacía mucho tiempo, seguramente más que muchos auténticos israelitas. Pero ¡cómo han cambiado las cosas! ahora casi nadie se acuerda del Cristo de Dios, parece que prefiriéramos quedarnos con el Herodes del consumismo y del materialismo, con el Herodes del exceso y el despilfarro, de la voluptuosidad y desenfreno, de la superficialidad y de la juerga. ¡Cómo se ha paganizado la fiesta navideña!
Estos magos del oriente, que ni fueron necesariamente tres, quizás, un número mayor sin contar con sus sirvientes, no se acobardaron a la sola idea de viajar por casi 900 kilómetros en sus camellos por caminos peligrosos, tampoco les importó a estos respetados hombres, el no ser parte del pueblo elegido de Dios; más bien arriesgaron sus propias vidas al exponerse al sanguinario y falso rey vigente; Igualmente no escatimaron en invertir, no solo en el larguísimo viaje, sino que compraron presentes de altísimo valor, que según los eruditos de la historia, solo se le podían obsequiar a un rey verdadero, a saber, a un legítimo descendiente de la realeza y heredero del trono. Ellos ya habían identificado al rey de gloria y querían adorarle, por eso se postraron, rostro en tierra, demostrando una sumisión total al que venía en el nombre del Señor, al hijo de David, y le dieron toda la riqueza que trajeron en sus cofres, oro, incienso y mirra.
¿Quién le regala algo a Jesús ahora? ¿qué le vas a regalar tú?, ¿qué le vamos a ofrecer nosotros?
Él es el rey, no solo de Israel, sino de todas las naciones, de toda la humanidad, de todo hombre y mujer, no importando su procedencia ni su posición, de todo aquel que se postre a sus pies y lo reconozca como su rey. El espera que, al igual que los magos, nos postremos y le ofrezcamos nuestras vidas. No le pongamos condiciones como muchos de nosotros hacemos. Pretendemos "negociar" con nuestra vida presente y con el destino eterno de nuestras almas, le pedimos y hasta exigimos que nos conceda ciertas cosas a cambio de servirle o hacer algo por Él, ¡inconcebible pero tristemente cierto!
Qué Dios nos libre del espíritu pagano y asesino de Herodes, o sea, de esa tendencia que todos tenemos, ¿cuál tendencia? preguntamos; pues la de entronizarnos gobernando nuestro propio ego, usurpando el lugar que le corresponde solo a Jesús, quien es Rey y Salvador nuestro, rechazando y negando toda posibilidad de que Él ocupe el trono que legítimamente le pertenece al haber pagado por nuestras culpas y rebeliones en la cruz del Calvario. Entreguémosle pues al Señor nuestras vidas para que Él las dirija a hacer siempre la voluntad de Dios.
Oz
